viernes, 17 de octubre de 2014

Baltasar y Elpidio. Modernos Prometeos y medios de comunicación.


«¡He aquí lo que te has granjeado con tu filantrópica solicitud! Dios como eres, sin tener la cólera de los dioses, honraste a los mortales más de lo debido y en pago guardarás esta desapacible roca».
Esquilo
Prometeo encadenado


Hijos del mismo titán y entregados al mismo castigo por orden del Gran Poder, Baltasar Garzón y Elpidio José Silva parecen encarnar el mito de Prometeo a la perfección, en una tragedia —no la griega sino la española, moderna y actual—, en la que un poder dominante, omnipresente pero invisible, actúa a través de ese Hefesto moderno que es la opinión pública, forjada ésta en los medios de comunicación.

Baltasar Garzón y Elpidio José Silva son hijos de la justicia española, ese titán que, a su vez, rinde sus cuentas a un poder sistemático, invisible para nosotros, los mortales ciudadanos de este país. Ambos fueron desheredados del sistema judicial por exceso de poder, y por ingenuos, según la opinión pública. Sin embargo, lo más probable es que, tanto Garzón como Silva, al igual que Prometeo, quisieran darnos a conocer al pueblo una verdad que nos está prohibida. Un fuego que no nos pertenece.

Sin embargo, y a pesar de que 'Prometeos' parecidos los ha habido siempre, encontramos en la era actual de la información una diferencia histórica importante, respecto al papel de los medios de comunicación sobre la generación y destrucción de los mitos modernos. Ya en 1957, en su célebre Mitologías (Siglo XXI, 2009), Roland Barthes advirtió la diferencia entre la mitología clásica aplicada al contexto cultural y la mitología como concepto discursivo del poder mediático, desde un punto de vista semiológico. En la segunda parte del libro, titulada El mito, hoy, Barthes afirmaba que «el mito es un habla» y que «no se trata de cualquier habla: el lenguaje necesita condiciones particulares para convertirse en mito». Es decir, el mito necesita de un sistema de comunicación apropiado, de un emisor, un receptor, un código —el significante y lo significado— y un mensaje intencionado, todo ello para la generación del mismo. 

En alusión particular al uso de la imagen, en este sistema de comunicación y generación mitológica, Barthes indica lo siguiente: 
«La imagen, a su vez, es susceptible de muchos modos de lectura: un esquema se presta a la significación mucho más que un dibujo, una imitación más que un original, una caricatura más que un retrato. Pero, justamente, ya no se trata de una forma teórica de representación: se trata de esta imagen, ofrecida para esta significación. La palabra mítica está constituida por una materia ya trabajada pensando en una comunicación apropiada. Por eso todos los materiales del mito, sean representativos o gráficos, presuponen una conciencia significante que puede razonar sobre ellos independientemente de su materia. Claro que esta materia no es indiferente: la imagen sin duda, es más imperativa que la escritura, impone la significación en bloque, sin analizarla ni dispersarla. Pero esto no es una diferenciación constitutiva. La imagen deviene escritura a partir del momento en que es significativa: como la escritura, supone una lexis».

Barthes subraya la importancia de la imagen, «más imperativa que la escritura», en su uso de significación completa, una «significación en bloque, sin analizarla ni dispersarla». En pleno siglo XXI, donde la velocidad informativa es vertiginosa, la imagen debe contener el mayor significado posible y autónomo de la escritura. Sin embargo, dentro de esa «significación en bloque» de la imagen, instantánea y liminal en su superficie, pueden coexistir otras líneas de significado, precisamente con una intención subliminal. Son estas 'segundas líneas' de significado de la imagen lo que la hacen realmente poderosa como herramienta mediática. 

Los medios de comunicación son plenamente conscientes del poder de la imagen, tanto la fotográfica en prensa como la audiovisual en televisión (e incluso en la radio con alusiones a imágenes preconocidas por el oyente). 

De este modo, y a partir de la base semiológica barthesiana, respecto a la imagen creadora de significados completos —que puede incluir segundas líneas de significación—, como materia prima de la creación del mito, el caso particular de Baltasar Garzón y el diario El Mundo resulta digno de estudio, pues el mismo medio de comunicación que en sus imágenes de portada lo alzó al Olimpo (mitificándolo positivamente), más tarde, ayudó en su caída (no desmitificándolo, sino mitificándolo negativamente). A principios de los años noventa, Pedro J. Ramírez —director de El Mundo hasta hace unos meses—, llegó a afirmar en su propia autobiografía lo siguiente: «Garzón es motivo de orgullo de la ciudadanía [...], tan honrado y pertinaz como el legendario John Sirica (juez principal del Watergate)». Ya en la década siguiente y la actual, tras varias imputaciones, a cargo de Garzón, como la de falsificación de documentos de tres peritos policiales tras el 11-M, se desveló el verdadero rostro de Ramírez, quien actualmente define a Garzón como «indeseable para cualquiera y sinvergüenza para casi todo». 

En las siguientes imágenes se puede observar el uso histórico del diario El Mundo, a voluntad de interés, de la imagen fotográfica de Baltasar Garzón, indicando un significado completo y autónomo del texto escrito —tal y como afirma la tesis barthesiana—, e incluyendo segundas líneas de significación para, de esta forma, influir en la opinión pública.

La imagen de la izquierda corresponde a una publicación de El Mundo de mayo de 1994, cuando Garzón dimitió como diputado del PSOE. En la fotografía se muestra a Garzón como un hombre recto, firme y modélico. La imagen de la derecha corresponde a otra publicación de El Mundo de febrero de 2009, con la dimisión del ministro Mariano Fernández Bermejo tras las críticas recibidas por ir de cacería con el propio Garzón, a quien —no conformes en El Mundo con mostrarlo como un repudiado por el sistema judicial—, se le retrató en portada como alejado de cualquier valor moral, ante la opinión pública, vestido de cacería, y con rifle incluido.


Baltasar Garzón retratado por El Mundo en 1994 (izquierda) y 2009 (derecha)


En el caso de Elpidio José Silva, el uso de su imagen en los medios de comunicación nace ya desvirtuado en detrimento de su integridad y valor como magistrado, tras pasar del anonimato a villano directo, a partir de su orden de ingreso en prisión para el expresidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, que derivó, en este mismo mes de octubre de 2014, en su inhabilitación como magistrado. Y aún, tras el muy reciente caso de las 'tarjetas opacas' de Caja Madrid, con Blesa como máximo exponente de corrupción, Silva sigue condenado por parte de la opinión pública, que respalda su inhabilitación. En la siguiente imagen del diario ABC de Sevilla, de mayo de 2014, se muestra un retrato de Silva desfigurado, alejado de la imagen de magistrado de moral recta. La instantánea induce a pensar, más bien, en la ingenuidad de un hombre perdido y aislado, un alocado.

   Elpidio José Silva retratado por ABC en Mayo de 2014

Garzón y Silva, hijos de titanes, robaron, cual Prometeo, el fuego de los Dioses para entregárselo a los hombres. Ambos ex magistrados continúan encadenados por la opinión pública a la roca del ostracismo judicial, donde varias aves depredadoras del periodismo devoran su reputación día tras día. Y a pesar de que, gracias a su valor titánico, esa reputación se regenera a diario, los depredadores mediáticos no cesarán de devorarlos, por mandato supremo, eternamente.


Javier Ballesteros



No hay comentarios:

Publicar un comentario